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lunes, 6 de octubre de 2014

Yo viví la guerra civil española – Segunda parte




En la siguiente entrada del blog del barrio San Pascual, la segunda de tres, nuestra vecina Carmen Aritmendi nos sigue relatando su testimonio sobre la guerra Civil española, a pasar de ser una niña que acababa de cumplir los ocho años de edad muestra una madurez y una entereza digna de admiración.

 La guerra sigue su curso y es por ello que el país, cada vez más dividido, empieza a ser un sitio no demasiado seguro para mujeres, niños y mayores, es por ello que exiliarse a lugares donde el conflicto bélico tengas menos eco sea la mejor opción. 

El testimonio de Carmen nos traslada a aquellos años de terror y sufrimiento, muchas veces por dejar de tener noticias de los seres queridos. La escasez de alimentos cada vez se hace más presente con lo que ello conlleva, pero dejemos que sea la propia Carmen quien nos lo cuente: 


Capítulo II – Sufriendo por la guerra


Ya había pasado seis meses y Madrid estaba siendo castigado por los bombardeos diarios, los cuales daban muchos muertos y casas destruidas  y una de las más castigadas, según yo oía decir, era Tetuán de las Victorias y Cuatro Caminos.


Mis abuelos paternos vivían en el centro de Madrid junto a la calle Atocha.

A mí me gustaba mucho estar en su casa con ellos cuando no tenía colegio, pues todavía vivían con ellos tres tíos solteros y una tía que me llevaba diez años, y al ser yo la primera sobrina se volcaban en mí y me solían llevar al cine o la verbena junto con mi tía, cosa que no podían hacer mi padres por el trabajo que tenían, pero cuando empezó la guerra mis padres ya no me dejaban ir por miedo a los bombardeos y lo echaba mucho de menos.


Vivíamos en el barrio de San Pascual, un barrio donde mi padre, aun soltero, había comprado un terreno donde después construyó su casa. Cuando se casó puso una tienda de ultramarinos pues mi padre se vino del pueblo muy jovencito para trabajar en una tienda y al cabo de los años llegó a ser encargado.



Mi madre también vino a Madrid a trabajar como empleada del hogar, como se dice ahora, pero aunque trabajó en buenas casas tenían que trabajar muchas horas por muy poco dinero.

Después de casados mis padres trabajaron duro en la tienda, lo cual era muy esclavo por estar en un barrio obrero como era este, y así poco a poco, sin disfrutar de nada más que del trabajo fueron ahorrando y compraron varias casitas en el barrio que después alquilaron.


El inquilino de una de esas casas era murciano de un pueblo pequeño cerca de Alcantarilla. En vista de que la guerra continuaba y se pasaba tanto miedo convenció a mi madre para que nos fuéramos a su pueblo, pues según él, allí no se oía la guerra y en cambio aquí seguían los bombardeos. Tanto era así que muchos días teníamos que dejar la comida en la mesa y salir corriendo a meternos en el refugio que habían construidos los vecinos del barrio.

Ni mi madre ni yo queríamos irnos de Madrid pero ante tanta insistencia de nuestro inquilino, mi madre por fin decidió de marcharnos aunque con mucha pena por tener que dejar aquí a mi padre y demás familia.


Yo tenía dos hermanas más pequeñas y también teníamos a mi abuela materna de sesenta y seis años que también la llevamos con nosotros.





Capítulo III – El viaje




Era el día dieciséis de Enero de 1937 y amaneció muy frio y lluvioso.

El viaje, creo, lo teníamos que hacer por el ayuntamiento que nos llevaban gratuitamente como evacuados, después de haberlo solicitado unos días antes. El transporte para viajar eran unos camiones con toldo los cuales no tenían donde sentarnos y tuvimos que hacerlos sobre el equipaje y los bultos que llevábamos, lo cual era bastante incómodo.


Habíamos estado esperando varias horas hasta que fuimos recogidos en la Carretera de Aragón, junto al ayuntamiento. Hoy día se llama calle de Alcalá.


Serían las cinco de la tarde cuando iniciamos el viaje.

Con nosotros iban, aparte de nuestros inquilinos, un joven hijo de ambos y una joven que eran novia de otro de los hijos de estos señores.

Con esta muchacha iban también dos hermanas de ella, una de la edad del hijo de los señores y otra de mi misma edad, que luego fue mi compañera de juegos.

También iba otra vecina con un niño pequeño, pues su marido estaba en el frente y como era de aquel pueblo se iba a vivir con su suegra,

Bueno, se me olvidaba que también  viajaba con nosotros la nuera de nuestros inquilinos con otro niño, nieto de ellos y que también tenía a su madre en ese pueblo. Total que pienso que éramos una quince personas, todas conocidas, y nunca he podido recordar si con nosotros fue alguna persona más. Pero si recuerdo que nada más ponernos en marcha para salir de Madrid empecé a recordar a mi padre que se quedaba y me puse a llorar.


Mi madre me consoló diciendo que no íbamos para poco tiempo y que pronto volveríamos a vernos.

No puedo decir el tiempo que pasó pero ya hacía mucho que había anochecido cuando llegamos a Aranjuez donde paramos para darnos la merienda que consistía en un trozo de chorizo. Un chorizo que tuvimos que comer a bocados.

Viaje de exilio de Carmen y su familia



Después continuamos el viaje y ahora comprendo el porqué de haber tardado tantas horas en llegar a nuestro destino. Era porque España estaba dividida, por unas zonas estaban las tropas de Franco y en otras las tropas Republicanas o Rojas, como decían, y había que ir dando rodeos para no meternos en el terreno del enemigo. Aún así pasamos un buen susto, pues llegó un momento en que tuvimos que parar porque el conductor creía haberse equivocado y entonces estaríamos en peligro. Después comprobó que no fue así y continuamos el viaje pero fuimos un rato con los faros apagados.

Por fin llegamos a Alcázar de San Juan, donde ya terminábamos el viaje en aquel camión para hacer trasbordo al tren. Eran ya las doce de la noche cuando nos pasaron a un comedor en la misma estación para darnos la cena que fue un plato de judía blancas con chorizo que todos comimos con apetito y también una naranja de postre.


Ya sobre las doce de la noche subimos al tren que nos conducía al punto de destino.

Todavía no se habían acabado los sustos. Después de haber pasado toda la noche en el tren, aquellos trenes con los asientos de madera pero aún así era más confortable que el viaje que habíamos hecho en aquel camión.

Ya entrada la mañana, sobre las diez o las once, empezamos a oír el ruido de los aviones y el tren se paró, recuerdo que íbamos por un pueblo llamado Cieza y aún nos faltaba un tiempo para llegar a Alcantarilla.

El motivo de haberse para el tren fue porque no se sabía si aquellos aviones podían ser del enemigo pero al fin se vio que eran de nuestro bando y continuamos el viaje.


Por fin llegamos a Alcantarilla pues aunque el tren pasaba por el pueblo, allí no tenía parada y tuvimos de vuelta como un kilometro para llegar donde ya nos estaban esperando la hija del señor Joaquín, que así se llamaba nuestro inquilino, y su esposo, también tenían un niño pequeño.

Nos  recibieron muy amables y nos prepararon una paella para que comiéramos todos los que íbamos a la casa y recuerdo que a mi chocó mucho porque en vez de color amarillo era muy verde, debía de ser porque llevaba alcachofas.


Cuando nos pusieron la comida en vez de ponernos a comer casi todos nos pusimos a llorar recordando a quienes nos habíamos dejado en Madrid, pero al fin el viaje había terminado.


Capítulo IV – La estancia


Fueron pasando los días y los meses.

Nosotros llevábamos bastante comida para no pasar hambre, sobre todo legumbres. Lo que si echábamos de menos era el pan, que nos daban una pequeña ración diaria, pero había una vecina que tenía varios hijos, eran muy pobres y mi madre les daba legumbres y ella nos daba pan porque decía que teniendo un buen puchero de comida sus hijos se quedaban satisfechos y no echaban de menos el pan.


Yo aunque era pequeña ya solía ayudarlo que podía, como era barrer los patios, la puerta de la calle y también cuidaba de mis hermanas cuando tenía que salir a hacer recados.

También tenía ratos para jugar y lo hacía con aquel vecino que vivía con nosotros y era de mi misma edad.


Señora Juana con sus hijas, Carmen, Felipa y Juana la pequeña.


Teníamos otra amiga de juegos, una niña que llegó al pueblo con su familia huyendo de la guerra. Su padre había muerto en el frente y aún siendo tan niña iba toda vestida de luto.

El señor Joaquín no era mala persona pero tenía un carácter muy fuerte y no era muy tolerante con los niños. La señora Josefa, su esposa, era muy paciente y cariñosa y todos las queríamos mucho.

De mi padre hubo un tiempo en que no teníamos noticias y mi madre sufría porque las cartas no llegaban. 
 Después tuvimos la suerte de que en correos tenían mis padres un conocido y por medio de él empezaron a llegar las cartas regularmente.


Y ahora voy a contar lo peor de la estancia en aquel pueblo; y es que mi hermana, Feli, que tenía cuatro años, enfermó y lo pasamos muy mal porque fueron una calenturas tifoideas  que la tuvieron casi a las puertas de la muerte y tuvimos la gran suerte de no contagiarnos las demás porque dormíamos todas en la misma habitación.

A mi padre le comunicaron por carta la enfermedad de mi hermana pero en aquel tiempo estaban prohibidas las salidas de Madrid y no pudo ir a reunirse con nosotras y lo pasó muy mal, pues creo que pasó por lo menos mes y medio hasta que pudo ir y para entonces mi hermana ya estaba bien aunque la pobre lo pasó tan mal que tuvo que aprender a andar de nuevo.

También hubo situaciones en las que mi madre tuvo que sufrir, por ejemplo la que voy a contar ahora.

Como mi padre ya nos había comunicado que ya podía ir a vernos, aunque no nos decía la fecha, pues yo con el deseo de verle, un día provoqué algo por lo que todos nos disgustamos.

Como todos los días, me acercaba al paso del guardabarreras para ver pasar al tren pero aquel día, no sé porque, me pareció ver a mi padre asomado a una ventanilla y creo que dije que el señor Joaquín también iba con él, así que cuando pasó cierto tiempo y no llegaron, el señor Joaquín se enfadó mucho y yo me llevé una buena regañina de mi madre.


Al fin llegó mi padre para pasar unos días con nosotros pero no recuerdo cuantos pues llevaba fecha de vuelta.


Durante todos los días que estuvo allí disfrutó mucho, pues era el mes de Junio y estaban recogiendo los albaricoques y a él le gustaban mucho. No queríamos que mi padre se volviera sin nosotros así que lo arreglamos para volvernos con él pero el viaje de vuelta se merece otro capítulo que ahora contaré.


Continuará en la tercera y última parte.